

Las obras de arte deben ser admiradas como poemas. Las gamas de colores y sus formas expresan experiencias no objetivables que quedan esparcidas en los caminos, mares, ríos, luces y contrastes donde se plasma el alma del artista.
Estos paisajes encierran su misterio y llevan intrínsecos unos valores imposibles de ocultar. Rompiendo prejuicios y ataduras consiguen generar vida a través de la quietud, la fuerza, la luminosidad o el ímpetu del coraje que se atreve a desenmascarar lo bello de una inmóvil piedra o un ramaje seco impregnado de rocío. Hace falta levantar la mirada ante una obra de arte y saber perderse en su horizonte, profundizando, contemplando, para sentirse unido a lo admirado.
Saber descansar la mirada ante la naturaleza, asombrarnos, respirar profundamente, son actitudes poco frecuentes y sin embargo muy sanadoras. Cualquier forma de vida enamora al artista que observa en silencio contemplando el Misterio “mirando donde pisa” y solo después de mucha reflexión esparcirá su alma entre luces de color intentando retener los momentos vividos en jornadas silenciosas.
Los temas de escultura son siempre humanos, tratados de modo biomórfico, pero la figuración mantiene lo telúrico, bronco y violento. Es expresionista: Las manos siempre claman, gritan. Las figuras surgen de la tierra y se lanzan con furia hacia el cielo. Nace una dialéctica entre el arriba y el abajo, porque siguen arraigadas, atadas al suelo, al tronco madre, como no acabados de parir.
Junto a la tensión vertical, podemos observar en varias esculturas la dialéctica interior y exterior. La creación de vacíos activos, la perforación de la madera, nos introducen en la realidad otra, substituyen los vacíos al volumen.” (Carlos Pagola)
Escultor porque está especialmente dotado para tallar habilidosamente la piedra y la madera, porque trata la masa informe con una técnica que se abre paso al ser guiada por un impulso espiritual, hondamente poético”. (Diario Egin)
GRAN ENCICLOPEDIA NAVARRA, CAN, Pamplona, 1990,
El paisaje de Marisa Mauleón Orzaiz (1949) lo envuelve una atmósfera de sosiego. Unas veces opta por representarlo sin figuras humanas y con espirituales horizontes profundos que dan la impresión de infinitud. Más frecuente, sin embargo, es que dirija su atención a los hayedos del norte. Como Constable o Corot se da en ella una especie de arrebatamiento ante los árboles, que los compone con estudiada profundidad, tratando las cortezas de sus troncos como paisajes de expresiva textura.